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Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución
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Parece ser que Julio Cortázar instalado en París en los comienzos de la década del '60 comprendió fehacientemente el enunciado de Hegel: "En el desarrollo de cada pueblo, llega un momento en que el arte ya no basta".
Cuando decide irse de la Argentina lo hace sabiendo de la imperiosa necesidad de encontrar un aire más intelectual. Más tarde, la seguidilla de regímenes militares sangrientos en el país lo lleva a alojarse en forma definitiva en París. Es a partir de los acontecimientos que derivaron en la Revolución Cubana -ocurrida en enero de 1959- que Cortázar dirige su mirada hacia el prójimo. No sólo descubre la realidad que atraviesa América Latina sino que también brota de él una conciencia política basada en una ideología moral.
A partir de entonces para Cortázar la literatura tendrá otro sentido: se asume desde una nueva perspectiva, el de la responsabilidad del escritor frente a las causas sociales. Al referirse a las coyunturas históricas que determinaron distintos momentos, en el caso particular de la poesía social en lengua castellana, el ensayista Carlos Altamirano señala que la gesta revolucionaria, su sentimiento, "no podía menos que afectar la conciencia del escritor y su relación con la literatura".
La revolución cubana representará en Cortázar su experiencia indeleble y un eje que trazará un cambio fundante y causante respecto a su mirada del mundo y, por ende, en su actividad como escritor e intelectual. Se genera, de este modo, una acción en la relación de la labor de la literatura y la transformación de la sociedad. Y es en este nuevo escenario donde Cortázar comienza a moverse. De aquí en más los temas sociales y políticos, aunque siempre presentes en sus textos, aparecerán de manera más descubierta y explicita a lo largo de su producción.
Postura asumida estrictamente en el plano de la literatura, lejos de agrupación política alguna. Cuando Cortázar se marcha a París, lo hace sin ningún atisbo de compromiso con la historia, ni señales ideológicas o políticas precisas. A lo sumo se limita a expresar, en voz baja, sus opiniones antiperonistas a un reducido grupo de amigos. Era "un pequeño burgués europeizante", irritado por esa avalancha de peronismo "de profunda vulgaridad que invadió Buenos Aires cuando la gente del interior, llamada por el levantamiento de masas que hizo Perón, se volcó en la ciudad".
Su compromiso con las revoluciones socialistas en América Latina se mantuvo con firmeza en el plano de los sentimientos y de la amistad. A pesar de algunos acontecimientos que provocaron la desilusión de aquellos intelectuales que la habían apoyado, Cortázar continuó siendo un sostenedor incondicional de Cuba y de sus dirigentes. Especialmente cuando el sonado Caso Padilla se convirtió en el primer resquebrajamiento dentro del grupo de intelectuales latinoamericanos. A todo esto Cortázar mantuvo una postura crítica, aunque menos política. Allí se refleja lo apasionado de su compromiso sentimental y amistoso con la causa socialista; guiado por el sentido de sus valores intelectuales y morales, dejando lo político en la superficie.
Cuando declara que aquel escritor que dejó la Argentina convencido que la realidad "debía culminar en un libro" y dio nacimiento en París a un hombre "para quien los libros deberán culminar en la realidad", está afirmando sin vueltas su compromiso consustanciado con lo auténticamente humano. "Si la determinación del militante le hacía decir y escribir a veces cosas en las que su acento era poco reconocible; su buena fe, su desinterés, su modestia, están fuera de discusión", reconoció Italo Calvino. Vale señalar que el poder político no empañó ni mucho menos desdibujó su verdadera imagen.
Es interesante apuntar (en realidad lo hace Cortázar en una entrevista) dos instancias en su obra, en la cual ésta se compromete con el contexto histórico de ese tiempo. La primera aparece en Los premios (1960), cuando aún no estaba imbuido en cuestiones políticas, describiendo los métodos de la policía argentina por esos años. La segunda, ya con otro nivel de compromiso y de conciencia, cuando siente que es necesario participar en las luchas de América Latina, pero sin sacrificar la "dimensión literaria" de la obra.
Libro de Manuel (1973) está inscripto en esta segunda instancia. Novela nacida de un "cotidiano sentimiento de horror, de vergüenza, de humillación personal como latinoamericano frente al panorama del colonialismo y el gorilismo entronizados en tantos de nuestros países".
Reiteradamente Cortázar puso en claro que uno de los recorridos posibles para conseguir la revolución, o al menos llegar a ella, es partiendo de las mentalidades, de las conciencias y de la sensibilidad. Haciendo este camino la revolución adquiere todo su significado.
Ese es el planteo y el desafío que establece Cortázar. Desafío que le valió todo tipo de críticas apuntadas a sus posiciones de compromiso como también a su literatura. Según Beatriz Sarlo ese cuestionamiento proviene de dos cuadrantes: por un lado el que expresa que "la revolución pasa por otra parte, por lugares bien alejados de París y Cortázar ya no puede ser ese hombre de ambos mundos, que enriquecía a la política revolucionaria con su revolución en las palabras. Esa alianza sencilla entra en crisis". El otro proviene de la publicación de Libro de Manuel y el premio Medicis que la novela gana en Francia. Cortázar dona el dinero del premio (unos 950 dólares) a la resistencia chilena contra la Junta Militar de Augusto Pinochet. Con este acto, Cortázar declara haber asumido una conciencia con el fin de la libertad y la justicia. "Si durante años he escrito textos vinculados con problemas latinoamericanos, a la vez que novelas en que esos problemas estaban ausentes o sólo asomaban tangencialmente, hoy y aquí las aguas se han juntado", asevera.
En el prólogo de Libro de Manuel puede leerse lo siguiente: "Más que nunca creo que la lucha en pro del socialismo latinoamericano debe enfrentar el horror cotidiano con la única actitud que un día le dará la victoria: cuidando precisamente, celosamente, la capacidad de vivir tal como la queremos para ese futuro, con todo lo que supone de amor, de juego y de alegría".
Uno de sus esfuerzos fue el de no sacrificar la dimensión literaria de su obra porque para él lo que determina y origina el compromiso en un escritor inmerso en la literatura es la incorporación, la fusión, de preocupaciones de tipo geopolítico manifestadas en la escritura, o bien separadas, pero como un corpus más específico de ella.
Era probable que anduviera con sumo cuidado para que lo político no demoliera su campo estético, su espacio literario. Por ello creía en la posibilidad de realizar una fusión. Explicaba que sus novelas acusan una especie de evolución histórica del escritor: el puente que va de la indiferencia a la primera preocupación metafísica personal y, posteriormente, el salto a la preocupación histórica y, por ende, su responsabilidad.
La realidad y esperanza revolucionaria de Julio Cortázar se inició como él mismo pensaba que se hacía una revolución, un recorrido de adentro hacia fuera; es decir, partiendo de la mentalidad, de la conciencia y de la sensibilidad.
Se planteó sostener un compromiso reconocidamente libre, desplegado de múltiples formas: viajes, conferencias, debates, entrevistas, cartas, críticas, denuncias, expresiones de solidaridad con los movimientos de derechos humanos, y que este libro recoge.

Pablo Montanaro