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"Todos
conocemos textos, discursos y mensajes que cumplen admirablemente esa
misión de llevar a nuestro pueblos una verdad cargada de vida y de futuro;
pero a cambio de algo que todavía sigue siendo una excepción, ¡cuánta
retórica, cuánta repetición, cuánta monotonía, cuánto slogan gastado!
¡Qué poco revolucionario suele ser el lenguaje de los revolucionarios!",
dice, con enorme claridad, Julio Cortázar en el Primer Encuentro de
Intelectuales realizado en La Habana, en 1981.
Claro que, para arribar a estos planteos, Cortázar antes tuvo que transitar
el difícil camino que separa al escritor "sometido a una visión individualista
del mundo y la literatura" del intelectual que descubre, de golpe, la necesidad
de "estar ligado de alguna manera al destino de nuestros pueblos". En ese pasaje,
escribe Pablo Montanaro en Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución
(Homo Sapiens, 2001), la Revolución Cubana actuó como la bisagra que le permitió
al cautor de Casa tomada asumir la literatura desde otra perspectiva.
Es "probable –sostiene Montanaro- que anduviera con sumo cuidado para que lo
político no demoliera su campo estético, su espacio literario.Por ello creía en
la posibilidad de realizar una fusión". Además, "explicaba que sus novelas acusan
una especie de evolución histórica del escritor: el puente que va de la indiferencia
a la primera preocupación metafísica, personal y, posteriormente, el salto a la
preocupación histórica y, por ende, su responsabilidad".
A través de numerosas cartas, entrevistas y discursos, Montanaro reconstruye las
estaciones de ese uente cortazariano hacia la esperanza revolucionaria, su apoyo
incondicional a los cubanos y a la lucha latinoamericana y su afirmación en la dimensión
literaria y la libertad estética. Porque para Cortázar no se va a tratar de responder
mecánicamente a “obligaciones socialistas entendidas como a prioris pragmáticos", sino de
ejercer el oficio de escritor desde el compromiso con la causa de los pueblos.
Natalia Vinelli
(Rebelión, 5 junio de 2002)
En 1951 Julio Cortázar se radica en París, aprovechando una beca para huir del clima
opresivo y “vulgar“ que sentía en el Buenos Aires del apogeo peronista. En 1959 pasa
otra cosa: triunfa en Cuba la revolución. Este libro, más que dedicarse a la relación
literatura y realidad social, se acantona en las opciones políticas y en los ytestimonios
de ese Cortázar, quien pasa de la indiferencia a la toma de partido más firme con la
causa cubana, hasta el final de su vida. Por eso, el poeta y periodista Montanaro prefiere
ignorar o, mejor, desplazar, de su estudio al narrador de relatos fantásticos (como los de
Bestiario), y no se propone examinar la compleja estructura narrativa de Rayuela ni los
finos ensayos sobre literatura. Más que un análisis especulativo este texto se desliza por
la descripción de actitudes (con fechas y dichos) y la práfrasis de algunos textos, sobre
todo de la novela política Libro de Manuel (1973), así como documentos particulares divulgados
en la revista Casa de las Américas o en un manojo de entrevistas. Eso, a lo largo de cinco
pequeños capítulos escritos desde la emocionada y algo cándida doble admiración: al escritor
argentino y al fenómeno revolucionario. En el secto, y último, hay una pequeña estampa de
la relación entre Cortázar y el poeta cubano José Lezama Lima. Además se puede encontrar un
anexo con fotografías y reproducciones de entrevistas tomadas de la prensa periódica porteña.
Una bibliografía final da cuenta con lealtad de las fuentes empleadas.
(El País Cultural, Nro. 642, Uruguay, 22 de febrero 2002)
“Mi
ametralladora es la literatura”
El
periodista y poeta Pablo Montanaro reúne sus capacidades
de lectura, interpretación y escritura en un ensayo esclarecedor.
A partir del enunciado de Hegel, “en el desarrollo de cada
pueblo, llega un momento en que el arte no basta”, indaga
en el itinerario ideológico de Julio Cortázar a partir de
su descubrimiento de la realidad de América Latina -revolución
cubana mediante- a principios de los años ’60.
Apoyado en un excelente material documental, Montanaro muestra
cómo el autor de Rayuela, va extendiendo su apoyo a las
causas sociales y revolucionarias de Chile, en los ’70,
y Nicaragua en los ’80. El periodista dedica un capítulo
especial a la relación de Cortázar con Ernesto “Che” Guevara
y transcribe un poema que el escritor argentino le dedicó
al líder de la revolución cubana apenas veinte días después
de su asesinato en la Quebrada del Yuro, en Bolivia, el
7 de octubre de 1967.
Numerosísimos párrafos de textos sueltos, cartas, telegramas,
discursos, entrevistas periodísticas, artículos, charlas
con allegados a Cortázar y un estupendo apéndice de fotos
ilustran y amplían en De la experiencia histórica a la Revolución
cada uno de los momentos de compromiso, agobio, alegría,
temor y valor políticos que el gran cronopio va experimentando
a lo largo de su vida. Una mención especial merece el capítulo
El compromiso político del escritor porque Montanaro sigue
uno a uno los pasos, cambios, convicciones y correcciones
de Cortázar -y de los escritores de su entorno- en este
tema que fue candente en los años ’70. Con buena prosa,
Montanaro compone un excelente retrato político de uno de
los más grandes escritores argentinos de los tiempos.
Patricia Rodón
(en El Altillo, 16 de diciembre de 2001, suplemento cultural
del Diario Uno, Mendoza).
La
poesía de la revolución
Sobre
la actuación política de Julio Cortázar indaga este hermoso
y necesario- trabajo de Pablo Montanaro, pero más que eso:
da argumentos sólidos sobre el compromiso militante del
escritor con la revolución latinoamericana. Cuando digo
"compromiso militante con la revolución" estoy queriendo
decir precisamente eso y no la pose más o menos consecuente
con la política y la historia de un intelectual de tinte
contestatario. En tiempos de progresismos a la defensiva,
que caminan para atrás, darles voz a la pluma y la acción
revolucionarias de Cortázar sitúa nuevamente a la literatura
en un rol fundamental a la hora de la construcción y desarrollo
de un pensamiento y un discurso contrahegemónicos que acompañen
a las clases rebeldes de la historia en su tarea por tomar
el poder para cambiar la vida.
También, me refiero a la contante y sonante voluntad intelectual
de Julio Cortázar respecto de no postergar sus méritos estéticos
en pos de lograr mayores éxitos políticos. La obra del genial
escritor (y no sólo su discurso político consciente) demuestra
que la poesía es la novia de la revolución y que juntos
transitan el mismo camino de rebeldía y de belleza. Además,
el libro de Montanaro nos convence a todos acerca de la
razón que tenía Cortázar cuando afirmaba que la lucha por
la revolución no tiene por qué ser un quehacer tedioso,
pesado, lleno de prejuicios, sino todo lo contrario. Cortázar
juega, conversa, comparte con la revolución, y en los bellos
párrafos y poemas suyos que salen de allí nos anima a quererla,
a tomarla con confianza, a sentarla en nuestra mesa para
hacer la amistad. Con Cortázar, la revolución no se conforma
a padecer de malos escritores aunque buenos militantes:
más bien obliga y exige a los escritores que se dicen comprometidos
con la causa popular, a mejorar su estilo, a trabajar la
destreza de su pluma, a extremar su fuego literario, para
acompañar coherentemente el esfuerzo y la imaginación que
se movilizan en un proceso revolucionario. En mi casa decían:
"igualar para arriba".
El libro evidencia el aporte revolucionario de Cortázar
y la íntima relación que el escritor supo construir entre
coherencia intelectual y militancia política. Echa luz sobre
la defensa que el autor de Un tal Lucas hizo de la revolución
ante los oportunistas del enemigo y también ante los sectarios,
obsecuentes y ciegos amigos de la revolución. Ejemplos sobran:
el alegato encendido de Cortázar en cuanto a la práctica
desprejuiciada y libre de chalecos ideológicos que tiene
que tener la literatura, incluso la de los escritores que
defienden la revolución; la reivindicación del guerrillero
Che Guevara en momentos en que su figura es severamente
cuestionada por los burócratas de la izquierda, desde sus
cómodos sillones en fundaciones y siglas. A pesar de ellos,
contra ellos, Cortázar se dejó alumbrar por la estrella
encendida del Che, en vez de ceder ante los críticos de
pasiones finitas y oportunismos gordos que tildaron al comandante
Guevara de "pequeño burgués aventurero y foquista" poco
menos que loco.
A esta manifiesta valentía del escritor dedica Pablo Montanaro
el capítulo tres del libro, que titula simplemente "Che
Guevara, un hermano". Allí el ensayista nos informa acerca
de la admiración y el respeto de Cortázar por el legendario
revolucionario. Hacia el final del capítulo, el autor recuerda
un encuentro entre el escritor y el poeta Alberto Szpunberg
en Barcelona, donde ambos coinciden con el Che en cuanto
a que "todo revolucionario se mueve animado por grandes
sentimientos de amor". Seguidamente, Montanaro cita el pasaje
en que Cortázar comenta a Szpunberg que "el Che era muy
crítico, pero murió por optimismo, y solo, muy solo (...),
y acá se abre otro tema: el de las traiciones". Esta referencia
hecha como al pasar, tiene sin embargo gran importancia:
el tema que aborda no es para nada menor en el debate que
embarcó a la izquierda tras la caída en combate del Che,
debate que Cortázar no eludió ni postergó, posicionándose
claramente en favor del guerrillero. Esta actitud militante,
de comprometerse en la polémica y embarrarse tomando partido
por una postura determinada, da prueba de su plena adhesión
al campo revolucionario (no casual ni testimonial, mucho
menos la resultante de una pose de moda entre los escritores
del boom latinoamericano).
Aclaro desde ya que yo hubiera deseado que el libro profundizara
en esta cuestión. El capítulo constituye el tramo más emotivo
de todo el trabajo. Si lo que Montanaro buscó es dejarnos
con el corazón en la garganta y la respiración en la saliva,
hay que reconocerle eficacia en la labor. Acaso el autor
del ensayo no haya querido expresar más explícitamente sus
acuerdos con la consecuencia del Che en la lucha. Tal vez
prefirió ahorrar en párrafos para alentar otras investigaciones
que aclaren aun más la enérgica posición de Cortázar en
la defensa del guerrillero y su firme adscripción a la versión
humanista de la praxis marxista aportada por el Che. Pero
sea lo que sea, lo queda en la boca y en los ojos rojos
de rabia del lector, es un gusto de indignación y, en un
mismo acto, de rebeldía. Lo exiguo del capítulo nos convoca
a intervenir decididamente en las luchas que los pueblos
mundiales libran con pasión y esperanza en continuación
del sueño internacionalista del Che.
Otro de los temas en los que Montanaro no duda en nombrar
la diferencia insalvable o hiato que separa a Cortázar de
los intelectuales políticamente correctos, progresistas,
pacatos, de amigable y dócil tono crítico, es la transcripción
de documentos que prueban la valiente postura del escritor
asumida durante el sonado "Caso Padilla". Al revés de todos
los que aprovecharon la polémica para castigar por izquierda
al hondo proceso de transformación que se llevaba adelante
en Cuba y subirse por el furgón al tren proimperialista,
Cortázar se mantuvo firme en su apoyo decido a la revolución.
Aunque manifestando sus desacuerdos en voz alta, de frente,
sin segundas intenciones, Cortázar se mostró incondicional
a la gesta del pueblo y la dirigencia política cubanas y
no lavó su sincero compromiso en el mar de condenas e hipócritas
defensas de la "libertad de expresión", la "libre conciencia"
y el peso específico de la obra artística por sobre todas
las cosas. Ante la puñalada por la espalda de los agrios
críticos respondió con un poema generoso y extenso, que
llamó "Policrítica en la hora de los chacales", incluido
en el trabajo de Montanaro, aunque en una versión simplificada.
El incidente, como es costumbre, incluyó la típica cantinela
de escenas tergiversadas en la prensa, entrevistas falsificadas,
declaraciones sacadas de contexto; en fin: la repetida manipulación
que permite la libertad de prensa en manos de los que comercian
con la información subiendo o bajando la oferta de mentiras
según la demanda que haya en el mercado de noticias.
El ejemplo de Cortázar en aquellos temas cobra vigencia
hoy, cuando asistimos a similares ataques y operaciones
de prensa contra posiciones de izquierda revolucionaria
mantenidas arduamente por Hebe de Bonafini, presidenta de
las heroicas Madres de Plaza de Mayo. Esos ataques, respaldados
por sesudos planteos de verborragia marxista, comunista
y principista de las más variadas tendencias, se sustentan
sin embargo, en la enclenque y multiuso teoría de "los dos
demonios", aquella según la cual la izquierda en la resistencia
es tan mala como la derecha en el poder, porque ambas aplican
similares métodos o estrategias militares, o se queman en
sus propios fuegos, o están unidas íntimamente por el desprecio
a la vida. En definitiva: que aquella izquierda desbocada,
imprudente y loca, errada en la forma de encarar la lucha,
es la contracara de la derecha criminal e que incluso tiene
la culpa del terror y la represión extrema de los fascistas.
No obstante, esta no es la única semejanza en el derrotero
de Cortázar y las Madres. Ambos adhirieron a la revolución
mucho tiempo después que en sus períodos adolescentes. Su
marcada rebeldía no se detuvo a especular con la relación
costo-beneficio de militar a una edad despreocupada e irresponsable,
o en otra llena de contingencias económicas, familiares
o de encasillamientos de tipo social. Su pasión por cambiar
el mundo es lo que resulta de sus vidas sensibles, honestas
y consecuentes, que se deciden a luchar por la revolución
porque ven en ella la única salida para curar las injusticias.
Cortázar y las Madres no abrazaron los ideales revolucionarios
luego de leer pacientemente a Marx o a Trotsky. Unas llegaron
por el camino del dolor y la pérdida, el otro luego de ver
la entrañable poesía de los que daban, donaban y entregaban
sus fuegos particulares al sueño apasionado de torcer el
destino trágico del mundo. En palabras del título del libro:
Cortázar y las Madres hicieron de su "experiencia histórica"
un camino a la "revolución". Igual que el Che, las Madres
de Plaza de Mayo y Julio Cortázar, dos emblemas de la escritura
y la lucha rebeldes y precisas, exactas y pasionales, están
guiados en su accionar por hondos sentimientos de amor.
Es resumen: el libro de Montanaro ?porque en definitiva
eso es lo que estamos haciendo aquí, saludando este imperdible
trabajo suyo- trae al tapete cuestiones, temas, compromisos,
muy pasados de moda entre la intelectualidad de izquierda,
que últimamente ha decidido desensillar hasta que aclare
y, mientras, entretener su tiempo útil criticando, difamando,
exigiendo a otros lo que ellos no son capaces de hacer.
O sea: esperan a que las masas metafísicas salgan a la calle
a batirse a vida o muerte contra los poderosos, para recién
después dar testimonios en cómodos artículos, notas editoriales,
poemas, que ennoblezcan aún más la gesta popular, o la impugnen
definitivamente con grandes argumentos de maestro ciruela,
y de paso agranden su fama de escritores comprometidos y
atentos, solidarios y críticos, en amargos tiempos de crisis
social. La investigación de Montanaro me gusta porque pone
el dedo en la llaga. No mira para el costado. Se hace cargo.
Casi inocentemente, silbando bajito el ejemplo de Cortázar,
Pablo enciende repentinamente la luz y sorprende a muchos
bienpensantes, circunspectos y timoratos intelectuales argentinos
franeleando con la mucama quinceañera. En este muy oportuno
libro, la profunda poesía de la revolución está más viva
que siempre, tiene la sangre más palpitante que ninguna
y nos convence a todos de que el pueblo, más temprano que
nunca, va a ganar.
Demetrio Iramain
(texto leído en la presentación del libro "Cortázar: de
la experiencia histórica a la Revolución", de Pablo Montanaro,
23 de noviembre de 2001, en la Librería Galerna).
La
vida política de un tal Julio
En
Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución, Pablo
Montanaro dedica a la vida política del autor de Rayuela.
"Básicamente la idea era que hablara Cortázar", explica
Montanaro ?más conocido por su trayectoria poética- excusándose
por el grosor de éste, su segundo ensayo. El primero fue
Palabra de Gelman, una compilación de entrevistas y notas
al periodista y escritor argentino Juan Gelman publicadas
en 1998 y que se suman a una trilogía "que pienso cerrar
con una biografía sobre Paco Urondo, en una suerte de acercamiento
a este fenómeno que reúne a la pasión por las letras y la
revolución".
Principalmente cartas, decenas de misivas enviadas a sus
amigos y editores, entrevistas publicadas en diarios y revistas,
debates político-literarios con figuras de la época, artículos
críticos y fotos inéditas, son el corpus de este libro que
muestra un costado ignorado del genial hombre de letras.
Montanaro consigue estructurar por medio de la investigación,
ya sea a través del testimonio oral de historiadores como
de material de archivo, una suerte de itinerario que parte
desde el Buenos Aires del primer peronismo, en el que germina
Casa tomada, hasta llegar a sus últimas odas a la revolución
en Latinoamérica, de fuerte presencia en El libro de Manuel.
Esbozado como un jugoso recorrido por casi tres décadas
en la vida política del continente, Cortázar de la experiencia
histórica a la Revolución se propone como un disparador
para el debate acerca del rol de los intelectuales y la
función del arte en las sociedades en desarrollo.
Fernanda
González Cortiñas
(Nota aparecida en el diario Rosario 12, 7 de noviembre
de 2001)
Hasta la victoria,
siempre
Montanaro
muestra un Cortázar auténtico, un hombre comprometido con
una causa que aprendió a amar a través de la propia experiencia;
para ello se vale de entrevistas, discursos, cartas y otras
fuentes donde el autor dejó plasmada su postura ideológica.
El camino que lo llevó a esa "iluminación" (término acorde
al budismo que estudiaba con interés) forma parte de cada
una de sus palabras, las que no fueron escritas pero conforman
un tomo más de su obra. Si muchas veces es necesario separar
al escritor de sus posturas políticas, con Cortázar es imposible
e injusto hacerlo. Si bien en su momento la Revolución gozó
de mucha popularidad, pocos intelectuales se comprometieron
tan profundamente. Participó activamente de los proyectos
históricos de Cuba y Nicaragua, les dedicó cientos de páginas
de sus libros, cedió los derechos de algunos de ellos a
la causa, salió al cruce de todos los ataques que llovían
desde Europa y mantuvo siempre una postura firme, sin abandonar
la crítica constructiva, "fraternal", como le gustaba nombrarla
a pesar de que muchos de sus amigos no la entendían así.
Estaba seguro de que el mundo no sería justo hasta tanto
no finalizara la explotación del hombre por el hombre, y
alrededor de esta premisa hizo girar su vida. Hay un solo
Cortázar.
El que en 1951 huyó de Argentina asustado por el avance
popular del peronismo, y el que en 1973 se ilusionaba con
la posibilidad de que Cámpora llevara a su Argentina por
un camino más justo. El devenir de esa conciencia está en
sus libros y estuvo en sus actos. Pablo Montanaro armó un
exhaustivo trabajo de recopilación y análisis que intenta
mostrar a ese único Cortázar. Un escritor que, desde las
palabras, llegó a la revolución del hombre. Un hombre que,
en el recuerdo todavía espera.
Enzo Maqueira
(Nota publicada en la revista Lea, número 19, noviembre
de 2001)
Desde
el teclear sobre las viejas "Underwood" hasta la más suave
pulsación actual en la computadora, inevitablemente el escritor
dispara su artillería. Más allá de su voluntad consciente,
sus temas, sus valoraciones -y aún sus omisiones- se insertan
en las luchas de su época, especialmente cuando se trata
de sociedades como las de América Latina donde el dolor
y la injusticia son jaurías que andan sueltas por las calles.
De allí la responsabilidad del artista para evitar que su
Belleza -al pretenderse ajena a los avatares de su época-
adquiera la impavidez y la frialdad de la muerte.
Pablo Montanaro, que ha dado pruebas de su compromiso en
la poesía y el ensayo, nos convoca en este libro a acompañar
a Julio Cortázar en el periplo que va desde su Casa tomada,
escrito en el Buenos Aires del viejo peronismo hasta su
Libro de Manuel; del escritor que viviendo en América Latina
ignoraba su drama, hasta el intelectual que desde París
pudo latir al compás de las bregas revolucionarias de Nicaragua
y Chile, y muy especialmente de la Cuba de Fidel Castro
y el Che. Ese itinerario del Cortázar de sus últimos años
-ajenos a los "monstruos sagrados" de la revista Sur- aparece
en este libro como aporte fundamental de Montanaro para
conocer al Cortázar del compromiso.
El desafío lo había resumido Homero Manzi años atrás: "Hacerse
hombre de letras o hacer letras para los hombres". La lectura
de estas páginas permite dilucidar la cuestión. Aquí brota
inexorable la ligazón entre arte y verdad, entre Justicia
y Belleza, en definitiva la insoslayable confluencia entre
Literatura y Revolución.
Norberto Galasso
(contratapa del libro)
Homo Sapiens ha publicado Cortázar de la experiencia histórica
a la Revolución, de Pablo Montanaro. El itinerario de Julio
Cortázar a través del compromiso, la inexorable ligazón
que supo crear "entre el arte y la verdad, entre la justicia
y la belleza, en definitiva la insoslayable confluencia
entre literatura y revolución", como sugiere Norberto Galasso
en la presentación.
(Cortázar entre la belleza y la revolución, revista Lea,
número 17, septiembre 2001)
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