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La Revolución Cubana
[Para Julio Cortázar] La revolución cubana "creó una
corriente de interés que no existía hasta ese momento, interés
por el destino de América Latina como continente". La
conciencia ideológica y política que le muestra la revolución
no sólo se circunscribió en el terreno de las ideas. "La
revolución debe triunfar y se debe hacer la revolución porque
sus protagonistas son los hombres, lo que cuenta son los
hombres. Y esa cosa aparentemente tan trivial e incluso
perogrullesca fue muy importante para mí, porque si yo había
sido indiferente a los vaivenes políticos del mundo, era
porque era indiferente a los protagonistas de esos vaivenes
políticos".
La revolución cubana entraña "la acepción de dos palabras:
realidad y esperanza. La realidad la viven los cubanos diariamente
y no necesita de mi descripción; por mi parte yo hago lo
posible por mostrarla a quienes no han podido o querido
palparla más de cerca, y creo que es mi principal deber
como escritor latinoamericano en el extranjero. En cuanto
a la esperanza, contra cuya indestructible latencia se alzan
hoy más que nunca las negras armas de la reacción, del facismo
y del imperialismo, es esa certidumbre que guarda el corazón
de los pueblos frente a sus tiranos, sus carceleros y sus
explotadores, y que en la América Latina tiene su más evidente
corroboración en el proceso histórico cubano, paso de la
esperanza a la realidad, y de esta a una nueva esperanza
más abierta y planetaria".
Es indudable que no cree en modelos y mucho menos en "cristalizaciones
sociales"; pero sí apuesta a la "dialéctica revolucionaria
hacia la libertad y la felicidad del hombre".
"La Revolución Cubana -define- no será nunca la montaña
sino el mar, siempre recomenzando. Infinitas, petrificadas,
las montañas de todo el resto de la América Latina verán
alzarse a su hora el oleaje del mar humano, como ya lo vio
Cuba el día en que el contenido de esas dos palabras casi
siempre inconciliables, esperanza y realidad, se unieron
en un solo presente".
Por otra parte descree de las revoluciones "sin alegría".
Piensa en Ernesto Che Guevara como modelo "por su increible
sentido del humor que tuvo siempre en las circunstancias
más tremendas. Yo no creo en los revolucionarios de cara
larga y trágica, esos dan los Saint Just y los Robespierre.
Yo creo que la revolución es una cosa muy seria, pero que
el humor, el erotismo, el juego y tantos otros valores humanos,
son constantes a las que no podemos renunciar en ningún
trabajo revolucionario", opina en 1973 en una entrevista
publicada en la revista Crisis.
(fragmento del capítulo La Revolución Cubana: realidad
y esperanza del libro Cortázar de la experiencia histórica
a la Revolución)
Ernesto
Che Guevara
El 9 de octubre de 1967 se anuncia oficialmente la muerte
del Che Guevara en la Quebrada del Yuro, Bolivia. Cortázar
se encuentra en esos momentos trabajando en Argel, "rodeados
de imbéciles burócratas, en una oficina donde se seguía
con la rutina de siempre (...) metido en un mundo donde
solo contaba el trabajo". Se encierra varias veces en
el baño para estar solo, llorar y desahogarse "sin violar
las sacrosantas reglas del buen vivir en una organización
internacional".
Compra todos los periódicos; no quiere convencerse. Mira
las fotos "esas que todos hemos mirado"; lee cables,
escucha y hora tras hora va entrando "en la más dura
de las aceptaciones".
El 17 de octubre, pasado el mediodía, Cortázar envía un
cable dirigido a Retamar. El texto dice: "RETAMAR CASA
DE LAS AMERICAS LA HAVANE MAS CERCA QUE NUNCA DE USTEDES
TE ABRAZO. JULIO".
Once días después, precisamente el 28 de octubre, regresa
a París. Retamar le solicita un texto en homaneje al Che.
En plena soledad y con todo el peso del dolor, escribe:
"Cuando algo me duele tanto, no soy, no seré nunca el
escritor profesional listo a producir lo que se espera de
él, lo que le piden o lo que él mismo se pide desesperadamente.
La verdad es que la escritura, hoy y frente a esto, me parece
la más banal de las artes, una especie de refugio, de disimulo
casi, la sustitución de lo insustituible. El Che ha muerto
y a mí no me queda más que silencio, hasta quién sabe cuándo;
si te envié este texto fue porque eras tú quien me lo pedía,
y porque sé cuánto querías al Che y lo que él significaba
para ti".
(fragmento del capítulo Che Guevara, un hermano del libro
Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución)
El
compromiso político del escritor
Julio Cortázar desprecia la calificación de "escritor
comprometido", en tanto admite considerarse un "intelectual
latinoamericano", pero con reservas: "Si las circunstancias
me sitúan en ese contexto y dentro de él debo hablar, prefiero
que se entienda claramente que lo hago como un ente moral,
digamos lisa y llanamente como un hombre de buena fe, sin
que mi nacionalidad y mi vocación sean las razones determinantes
de mis palabras".
Entiende que el problema del intelectual latinoamericano
es "el de la paz fundada en la justicia social, y que
las pertenencias nacionales de cada uno sólo subdividen
la cuestión sin quitarle su carácter básico. (...) A riesgo
de decepcionar a los catequistas y a los propugnadores del
arte al servicio de las masas, sigo siendo ese cronopio
que escribe para su regocijo o su sufrimiento personal,
sin la menor concesión, sin obligaciones 'latinoamericanistas'
o 'socialistas' entendidas como 'a prioris' pragmáticos".
En otros tiempos Cortázar creía que "la literatura de
mera creación imaginativa" era suficiente para "sentir
que me he cumplido como escritor". Ahora su noción de
esa literatura ha cambiado "contiene en sí el conflicto
entre la realización individual, como la entendía el humanismo,
y la realización colectiva como la entiende el socialismo,
conflicto que alcanza su expresión más desgarradora en el
Marat-Sade de Peter Weiss".
Asevera que "jamás escribiré expresamente para nadie,
minorías o mayorías, y la repercusión que tengan mis libros
será siempre un fenómeno accesorio y ajeno a mi tarea; y
sin embargo hoy sé que escribo 'para', que hay una intencionalidad
que apunta a esa esperanza de un lector en el que reside
ya la semilla del hombre futuro".
[En una entrevista en la revista Life, Julio Cortázar señala]
"Mi idea del socialismo latinoamericano es profundamente
crítica... mi humanismo es socialista... Cuando se me reprocha
mi falta de militancia política con respecto a la Argentina,
por ejemplo, lo único que podría contestar es, primero,
que no soy un militante político y, segundo, que mi compromiso
personal e intelectual rebasa nacionalidades y patriotismos
para servir la causa latinoamericana allí donde pueda ser
más útil. La terminología de la pasión es más fuerte que
la teoría, porque no solamente no soy un teórico sino que
jamás he escrito sobre estos temas como no sea incidentalmente,
prefiriendo siempre que mi obra de ficción y mi conducta
personal mostraran a su manera y respectivamente una concepción
del hombre y la praxis tendiente a facilitar su advenimiento".
(...)
A raíz de un debate sobre el compromiso del escritor latinoamericano,
la revista "El Escarabajo de Oro", dirigida por Abelardo
Castillo y Liliana Heker, publica en su número 42 de abril
de 1971, un texto exclusivo escrito por Cortázar en el cual
fija su posición acerca del tema.
"Tal vez el día en que dejen de insistir tanto en los
deberes del intelectual revolucionario, -subraya- habrá
una mayor cantidad de escritores que irán hacia la revolución
por voluntad propia y no por compulsiones ideológicas. Ese
fue mi camino, dicho sea de paso, y no es a esta altura
del partido que voy a inclinarme frente a las avalanchas
doctrinarias mal asimiladas de los jóvenes iracundos. Pero
a la vez comprendo muy bien su actitud en la medida en que
la revolución necesita más que nunca del concurso apasionado
de todos los que creen en el socialismo. Como escritor no
me interesa el respeto incondicional porque nada hay de
particularmente respetable en una actividad como la nuestra.
Pretendo solamente que nadie se ponga a dictar desde fuera
las líneas de conducta que solo pueden ser decididas por
el escritor o el artista a base de su propia sensibilidad
y su propia conciencia. Y una última observación, que toca
a los reproches y a las insinuaciones más graves que se
hicieron en el uso de la mesa redonda.
Una vez más y a gritos algunos reclamaron la intervención
directa, física del escritor en la lucha armada. (...) Yo
entre tanto, me acordaba de aquella hermosa foto de los
primeros años de la Revolución Rusa, en la que se ve a Sergei
Eisenstein cuerpo a tierra tirando con una ametralladora,
y esa ametralladora es... una máquina de escribir. Lo que
no significa que Eisenstein fuera incapaz de emplear un
arma de fuego llegado el caso, y que muchos de nosotros
no estemos dispuestos a cambiar nuestra máquina si creemos
que ha llegado la hora. Pero también esa hora debe sonar
en nuestro reloj y no en el de los que dictan conductas
como quien manda romper filas o llegar a las ocho en punto
a los puestos de trabajo".
(fragmento del capítulo El compromiso político del escritor
del libro Cortázar de la experiencia histórica a la Revolución)
La
crítica solidaria
Esta postura que frente a los hechos [por el caso Heberto
Padilla] toma Cortázar, provoca un profundo hueco en la
comunicación con sus amigos cubanos. "A pesar de mi incurable
ingenuidad política, hay cosas que cada vez comprendo más,
y una de ellas es que lo personal cuenta muy poco cuando
lo que está en juego es el destino de nuestros pueblos;
poco me preocupa, pues, este hiato, aunque en el plano personal
y amistoso me duele. Me gustaría simplemente que se sepa
de mi presencia invariable en lo que toca a la Revolución",
enfatiza en 1972.
"A nadie le pido que me acepte -aclara-, sé de
sobra que los revolucionarios de verdad terminan por comprender
ciertas conductas que otros calificarían de revoltosas.
(...) Poco me importa el hielo oficial de la embajada de
París o el silencio de amigos cubanos muy queridos".
"Mi crítica se abre y se cierra en cada caso concreto
sin proyectarse a procesos sociales de una infinita complejidad
y que de ninguna manera quedan invalidados, como se pretende,
por errores e injusticias condensables pero circunstanciales,
aborrecibles pero superables. Toda la diferencia está entre
negar el socialismo como camino político viable, y defenderlo
porque se lo critica, porque en cada caso concreto se denuncian
errores y sus aberraciones".
En 1975 Cortázar mantiene el mismo pensamiento que tuviera
en el momento en que sucedieron los hechos. "Sigo creyendo
que la única manera de ayudar a Cuba es haciéndolo críticamente,
fraternalmente, pero sin caer en maniqueismos o en posiciones
extremas. Yo no lamento lo que sucedió, me creó problemas
sentimentales, ví alejarse a muchos amigos cubanos y no
cubanos, asistí a una oleada de pequeñas venganzas de resentidos
que aprovecharon la oportunidad para declarar su fidelidad
incondicional al régimen cubano, como si mis amigos y yo
al tener una actitud crítica fuésemos traidores, y finalmente,
me consta que los dirigentes cubanos terminaron por ver
la situación con mucha claridad".
(...)
Si para algo sirvió este convulsionado caso fue para "separar
el trigo de la paja fuera de Cuba -señala Cortázar a
inicios de la década del '80-. La crítica se escindió
en dos vertientes. Mi crítica, por más solidaria que fuese,
me valió siete años de silencio y de ausencia, pero era
una crítica que acaso ayudó a franquear el paso del esquema
ilusorio a otro en el que la necesidad de renovación no
ignorara las pulsiones que hacen de un hombre lo que verdaderamente
es. En cambio la crítica antisocialista se aferró a todas
las extrapolaciones y generalizaciones que su retórica era
capaz de inventar, y desde entonces hasta hoy, quince años
después, sigue anclada en la denuncia permanente de algo
transitorio; su periódica reiteración responde mecánicamente
a la misma técnica: denunciar un atropello verdadero o no
(Reinaldo Arenas, Valladares, etc.) y lanzar desde ahí la
monótona escalada a la totalidad de lo cubano, porque esa
totalidad es el socialismo en marcha, y de lo que se trata
es de acabar con él".
(fragmento del capítulo La crítica solidaria, fraternal
y sincera del libro Cortázar de la experiencia histórica
a la Revolución)
La amistad con José Lezama Lima
Una tarde de 1957 ingresa al despacho de Julio Cortázar
en la UNESCO en París un joven llamado Ricardo Vigón para
desempeñar trabajos de traducción de documentos. Puestos
a la tarea, Cortázar le dicta una larga traducción. Al rato
descansan. Cortázar le ofrece un cigarrillo y empiezan a
conversar. Vigón es cubano y lleva muy poco tiempo en la
capital francesa. En un instante de la charla, le comentan
que en La Habana vive un poeta estupendo llamado José Lezama
Lima. Cortázar se muestra avergonzado por no saber nada
de él.
Al día siguiente Vigón llega a la oficina con un ejemplar
de la revista Orígenes, dirigida por Lezama Lima.
"Esa noche conocí a Lezama Lima en uno de sus textos
más admirables, que en la revista se titulaba Oppiano Licario
y que es hoy el capítulo XIV y final de Paradiso", precisa
Cortázar.
Además de obsequiarle la revista, Vigón le anota la dirección
de Lezama: Trocadero 162, bajos. La Habana. Cuba.
"Pocas veces he sabido escribir a quienes admiro, pero
sentí que debía decirle a Lezama que su texto me había dado
acceso a un dominio fabuloso de la literatura, aunque no
sé como lo hice", evoca años después.
Un mes más tarde, Cortázar recibe una carta y un paquete
de libros, entre ellos Tratados en La Habana que
lleva la siguiente dedicatoria de Lezama: "A Julio Cortázar,
por su ardido traspasar del paredón en ancho".
Durante cuatro años intercambian correspondencia, libros
y opiniones sobre literatura. En una de ellas el argentino,
desde París el 5 de agosto de 1957, expresa algunas consideraciones
sobre la obra lezamiana y manifiesta "la terrible dificultad
que plantea muchísimos poemas y muchísimas prosas suyas,
el peligro incesante de perder el hilo conductor, de extraviarse,
de entender mal o entender a medias -que es quizás peor-
viene, me parece, de que usted no está nunca dispuesto a
conceder nada, porque conceder significaría automáticamente
renunciar a esa situación central a la que ha llegado por
obra de toda su vida y toda su sensibilidad, esa situación
central que le permite aprehender todos los puntos de la
circunferencia con una misma sagaz felicidad".
(...)
Cortázar relata el primer encuentro. "El pintor Mariano
Rodríguez nos reunió en una cena, particularmente exquisita
en un momento en que todo faltaba en Cuba, y Lezama llegó
con apetito jamás desmentido desde la sopa hasta el postre.
Cuando lo ví saborear el pescado y beber su vino como un
alquimista que observa un precioso licor en su redoma, sentí
lo que luego Paradiso habría de darme tan plenamente: el
deslumbramiento de una poesía capaz de abarcar no sólo el
esplendor del verbo sino la totalidad de la vida desde la
más ínfima brizna hasta la inmensidad cósmica. Recuerdo
que pensé en la frase de Descartes, cuando un pedante que
lo veía comer con apetito, se maravilló de que un filósofo
pudiera ceder hasta ese punto a la sensualidad y Descartes
le respondió: '¿Pero es que creéis, señor, que Dios
ha creado estas maravillas para el solo placer de los imbéciles?'.
Y entonces Lezama empezó a hablar, con su inimitable
jadeo asmático alternando con las cucharadas de sopa que
de ninguna manera abandonaba, su discurso empezó a crecer
como si asistiéramos al nacimiento visible de una planta,
el tallo marcando el eje central del que una tras otra se
iban lanzando las ramas, las hojas y los frutos. Y ahora
que lo digo, Lezama hablaba de plantas en el momento más
hermoso de ese monólogo con el que le agradecía a Mariano
su hospitalidad y nuestra presencia; recuerdo que una referencia
a la Revolución lo llevó a mostrarnos, a la manera de un
Plutarco tropical, las vidas paralelas de José Martí y Fidel
Castro, y alzar en una maravillosa analogía simbólica las
imágenes de la palma y de la ceiba, esos dos árboles donde
parece resumirse la esencialidad de lo cubano".
(...)
"Te imaginas la pobreza en que me ha dejado la muerte de
Lezama Lima" escribe Cortázar a Fernández Retamar el
22 de septiembre de 1976. A esta lamentable perdida "se
le suman tantas otras muertes casi cotidianas -Argentina,
Chile, Uruguay... tantos más conocidos o desconocidos".
En junio de 1977 a Fernando Uría le confiesa: "No es
fácil habituarse a estos enormes huecos en nuestras vidas".
Desde el mismo día de la muerte de Lezama, Cortázar decide
encender sus tabacos "pensando en que lo hago también
por él, para él. En esa tarea de dormir y de velar alternadamente,
que él tuvo la generosidad de compartir conmigo en su dedicatoria,
hoy le toca dormir mientras yo todavía sigo velando. ¿Pero
cuál es, en el fondo, la diferencia?".
Mientras los enciende, contempla la foto ubicada en una
de las paredes de su departamento de la rue Martel donde
se los ve juntos en La Habana en los años '60.
(fragmento del capítulo Fumando con Lezama Lima, bajo
la buena estrella del libro Cortázar de la experiencia histórica
a la Revolución)
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